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Los desaires de Bale que están empezando a cansar a Zidane

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La imagen de Gareth Bale en el banquillo del Real Madrid, con gesto serio y mirada perdida, se ha convertido en habitual en los últimos meses. Suplente en los decisivos partidos contra el PSG y en la ida de cuartos de la Champions ante la Juve, su actitud pasiva en la vuelta contra los de Turín le condenó. Zidane ha ido perdiendo la confianza en el galés de forma progresiva, por cuestiones de rendimiento pero también de compromiso. Sus desaires están empezando a colmar la paciencia del técnico.
El francés ya comenzó a recelar hace justo un año. En abril, tras perderse dos partidos por un edema en el sóleo derecho (Sporting y Bayern, en la vuelta de cuartos de la Champions), el galés se empeñó en jugar el Clásico a pesar de que los médicos aconsejaban que no acelerara. Los resultados son conocidos: sólo duró 35 minutos sobre el campo. Bale evidenció que no estaba totalmente recuperado de su lesión y se retiró con molestias en el sóleo izquierdo después de pedir el cambio. La lesión fue en la otra pierna, sobrecargada como consecuencia de no apoyar bien el pie derecho por falta de confianza. El empeño del galés, unido a la controvertida gestión de Zidane del caso (siempre que volvía de una lesión relegaba a quien brillaba en su ausencia: Lucas, Asensio, incluso James…). “Él me dijo que estaba bien”, se excusó el técnico. Bale no volvió a jugar hasta la final de la Champions, en su Cardiff natal, donde fue suplente…

En el comienzo de esta temporada, pareció que Zidane volvía a mostrarse impermeable a la fijación del palco con la bbC, pero paulatinamente ha ido abrazándose a un 4-4-2 que le aporta más trabajo en la media y degradando el rol de Bale. El galés volvió a tener un inicio de campaña marcado por las lesiones (sufrió su enésimo problema en el sóleo y semanas después recayó). Se perdió 14 encuentros por lesión, reapareció en el Mundial de Clubes emitiendo señales de recuperación, pero fue una noria. Su irregularidad, unida al proteccionismo de Zidane con Benzema, le restó minutos y titularidades. Pasó de innegociable a accesorio. Paradógicamente, el 14 de febrero, contra el PSG, se escenificó el comienzo del desamor entre Zidane y Bale. El técnico le dejó en el banquillo en la noche más importante hasta entonces de la temporada, algo que molestó al jugador, como reveló su seleccionador. Su pasividad llamó la atención del vestuario. Bale fue captado por las cámaras bostezando en el banquillo. Después, estuvo lento a la hora de quitarse en chándal para entrar al campo. Y, finalmente, no atendió a la llamada de Ramos al final del partido para agradecer el apoyo al Bernabéu. Con la mirada abajo, se fue al vestuario. Un desaire que repitió en la vuelta del Parque de los Príncipes, donde también fue suplente.

Bale volvió al once al partido siguiente, contra el Betis, pero le sustituyó en el minuto 73: no recuperó ni una pelota, sólo completó un regate y tuvo mala suerte en dos remates en el área (Adán le hizo dos paradones). “Ha hecho su partido”, resumió Zidane de forma lacónica. El galés empezó a no disimular sus gestos de desconexión. En Butarque, siendo suplente, llegó a marcharse al vestuario mientras se estaba jugando la primera parte, reaccionó de forma muy tímida al primer gol de Cristiano en el Juventus Stadium y en el descanso de la vuelta contra la Juve, donde fue titular, respondió con una sonrisa cuando Cristiano le pidió más agresividad. Zidane le dejó en el banquillo por Lucas Vázquez. No fue convocado en el siguiente partido, ante el Málaga, y fue suplente ante el Athletic. La pérdida de confianza de Zidane en Bale (28 años) es evidente: este año ha sido titular sólo en el 61% de los partidos que ha estado disponible. El de Cardiff atraviesa su peor momento en el Madrid y tanto su rendimiento como sus gestos evidencian que el jugador ya piensa en un futuro lejos del Bernabéu. Aunque no pondrá fácil su salida…

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